viernes, 7 de octubre de 2011

El sello de Antigua

"Antigua, penique, bordó." La mirada se posa sobre él con emoción y una oleada de recuerdos y conjeturas agitan el corazón. ¿no es acaso Antigua una colonia inglesa? ¿y no son acaso la mayoría delas clásicas rarezas del mundo de la filatelia, sellos de las primitivas colonias británicas? además, siendo el penique la más común denominación del sello colonial británico, ¿no es evidente que el sello en cuestión debía tener algo verdaderamente excepcional para justificar ser el tema de un libro? ¿era su color bordó, su inimitable tono vinoso, lo que lo distinguía de sus semejantes? la solemne fonética de la palabra «Antigua», y la bonita combinación de las palabras «penique, bordó», habrán sido observadas también, y con toda razón, como elementos de importancia narrativa. si la frase fuese: "Islas Turks, 1881, un chelín, azul pizarra, con la errata truks", el impacto psicosensual no tendría, ni mucho menos, la misma fuerza, pese al gran atractivo de los errores de impresión y a que los sellos de un chelín alcanzan siempre precios más altos en los catálogos que los de un penique de la misma emisión. 
Pero, desde luego, la verdad no tiene alternativas. la verdad es que el sello que da nombre a esta novela era !Antigua, 1 penique, bordó!. Las circunstancias no le permitían ser otra cosa. "Islas Turks, 1881, un chelín, azul pizarra, con la errata truks", no sería, siquiera, un buen titular de periódico. 

"Antigua, penique, bordó." y pese a que sólo cabe esperar que sea en el corazón del hombre ordinario, donde se agite esta oleada de enclaustrados recuerdos y conjeturas, también la mujer ordinaria puede tener una recrudescencia de sentimientos al verlo, después de tantos años, ruborizarse de emoción al oír mencionar aquel vulgar e inútil sello de correos. Porque todo hombre ordinario en el fondo es un colegial y toda mujer ordinaria una colegiala. Todos los colegiales británicos de una cierta edad hacen colección de sellos, o por lo menos, los colegiales cuyos padres tienen algo de dinero; por debajo de un cierto nivel social, el instinto de coleccionistas debe limitarse, suponemos, a los cromos y cupones de regalo. Las colegialas, por otra parte, no coleccionan sellos. De hecho, suelen despreciar esta afición por no ser lo suficientemente directa y personal para satisfacerlas emocionalmente, si algo coleccionan, son fotografías firmadas por famosos actrices y actores. Pero tienen hermanos, y los hermanos coleccionan sellos de manera que, durante las vacaciones, a menudo se prestan a aportarles su ayuda. Rebuscan en los cajones de los dormitorios, en los escritorios de sus padres, en las cajas de embalaje de las buhardillas, y, a veces, hacen buena redada. Los hermanos se sienten emocionados y agradecidos. A las muchachas no les interesan los sellos, de acuerdo, pero -y este es el punto importante- les interesa indiscutiblemente la preocupación de sus hermanos por los sellos. ¿Qué es todo esto? ¿Qué sentido tiene? Se comportan casi como si estuviesen enamorados de sus álbumes. Como recompensa por el botín que la hermana le ha traído de lugares en los cuales no hubiera tenido el valor moral de aventurarse, el hermano un día instruye a su hermana en los misterios de su arte. Le explica, con voz temblorosa, las sutiles diferencias entre uno y otro sello, el exquisito cuidado que hay que tener al manejarlos y montarlos, y la relación entre su rareza, autenticidad y condición y su valor comercial. Ella lo escucha con bien fingida atención e incluso aguanta pacientemente otras lecciones sobre filigranas, perforaciones hechas con ruleta y sobrecargas. Pero en su memoria queda grabado poco o nada porque no estudia la filatelia en sí, sino, es necesario repetirlo, la conducta de un muchacho que se ha enamorado de su álbum de sellos. Por esto, al cabo de algún tiempo, el chico se impacienta con su hermana y reconoce que ha estado perdiendo el tiempo. La muchacha tiene, al parecer, una inteligencia inferior y, usando el lenguaje de su último boletín de geografía, "carece lamentablemente de concentración; demuestra un gran descuido". —¿No te he dicho esta misma mañana —gime el muchacho— que la edición de 1894 tiene dos franjas, o como se llamen, ondeadas y, la de 1895, sólo una? y ahora me los has mezclado todos y voy a necesitar horas para volverlos a clasificar. La muchacha tiene tacto y contesta gentilmente. — ¡Oh, cuánto lo siento! ¡Qué estúpida soy! Déjame que te los seleccione yo. Será una buena práctica y lo haré en un momento. 
Y así siguen juntos hasta que ella hace algo muy ordenado pero imperdonable, como fraccionar un bloque de cuatro rarísimos sellos de Terranova y colocar cada uno de ellos en el centro de las casillas oblongas de las páginas del álbum. Cuando él ve lo que ha hecho ella, se pone rojo y blanco de ira. La agarra por el pelo y la sacude con violencia, y sólo el acordarse súbitamente de que es una cobardía en el hombre maltratar a una mujer, especialmente si es una hermana menor, le impide dañarla seriamente. Ella llora pero más de indignación que de dolor. ¡Pensar que pueda tener semejante ataque de locura por una bagatela como aquélla! Cuando la suelta, la chica se comporta con dignidad. No arroja un tintero a la cara del agresor, ni siquiera sobre el álbum. No dice nada, pero sale sollozando y enjugándose las lágrimas con el pañuelo. Sólo cuando llega a la puerta se vuelve y le dice que en vista de lo que le ha hecho, jamás volverá a acercarse a sus espantosos sellos ni hará nada más para ayudarle. Él se echa a reír con desprecio. «¡Ayudarme! pues sí que...» pero la puerta se ha cerrado, de manera que no puede replicar todo lo que quería. Refunfuña solo. Está muy enojado todavía, pero empieza a sentirse incómodo. No hubiera debido hacer una cosa tan poco caballerosa como tirarle del cabello. Es capaz de írselo a contar a su padre y armar un escándalo; y si lo hace es seguro que su padre se pondrá de parte de ella. Pero no tiene por qué preocuparse, ya que su hermana no ha ido a encontrar a su padre, cuya intervención no hubiera hecho más que empeorar las cosas, sino a su madre. Las dos mujeres tratan el asunto a fondo, no sin indignación, pero, tomándolo, al mismo tiempo, un poco a broma. Al final, una cierta cantidad de dinero cambia de mano de forma cautelosa y la muchacha dice sonriendo: «Muy bien, mamá, si crees que es lo mejor... muchísimas gracias. En todo caso, no veo que merezca una recompensa por haberme tirado del cabello.» —piénsalo bien, hija —responde la madre. La muchacha lo piensa bien. 
Aquella noche, después de una silenciosa cena, se levanta y, dando la vuelta a la mesa, se acerca al sitio donde su hermano está melancólicamente rompiendo la cascara de un huevo pasado por agua. —toma —le dice, en voz baja, aparentemente con el fin de no ser oída por el padre, que está leyendo el periódico—, para que te cuides tu carácter brutal. Pero sigo diciendo que no volveré a ayudarte jamás a arreglar tu colección de sellos. Él le lanza una mirada feroz, pero después examina el paquetito que la hermana ha puesto en su mano. Su rostro cambia de expresión. Lo que le ha dado es el paquete aquel de cincuenta sellos de Centroamérica, marcado en 3 chelines 6 peniques, que hacía tanto tiempo anhelaba. Ha estado expuesto en el escaparate de la papelería del barrio y cuarenta de los cincuenta sellos, por lo menos, irán al álbum. Su colección es muy floja en sellos de Centroamérica, pero no le gusta aceptar un regalo hecho en aquel estado de ánimo. Así lo dice, con cierta hostilidad en su voz. La muchacha se echa a reír, un poco histéricamente. «Yo no hago colección de sellos, tirémoslos, pues.» coge el paquetito y se dirige hacia la chimenea. «¿Quieres que los queme?» Él se levanta de un salto. No, no es esto en absoluto lo que quería decir. Quería decir tan sólo... la chica comienza a llorar y él se siente avergonzado y trata de consolarla, pero ella no quiere ser consolada. La única hija comprende ahora perfectamente lo que su madre quería decir al darle el dinero, y avisarla: «Ha de creer que es dinero que te quedaba de tu cumpleaños.» La situación la divierte sobremanera y la divertirá todavía más antes de acabar con esto. Sale de la habitación; su hermano se siente impulsado a seguirla; suben al cuarto de la ropa blanca y ella le deja llegar a tal estado de contrición y vergüenza de sí mismo, y de gratitud por la lealtad de su hermana al no decirle nada al padre, que acaba por ofrecerle compartir su colección de sellos. Ante esta memorable declaración, la chica deja de sollozar, aceptar llorosa sus torpes caricias y le pregunta si lo dice sinceramente. Desde luego, lo dice sinceramente, y ella le expresa cuánto siente haberlo acusado alguna vez de egoísmo con respecto a su colección. —No debes decir nunca más tu colección —declara él con magnanimidad, acariciándole el cabello—. A partir de ahora es nuestra colección. —Eres un hermano maravilloso. Al verlos bajar las escaleras cogidos de la mano, su padre les felicita por haberse hecho las paces, como niños sensatos. Que sea ya nuestra colección, le da a ella mayor oportunidad de observar la conducta de su hermano respecto a la misma. Reconoce que algunas veces es realmente extraordinaria. Por ejemplo, cuando sus amigos vienen a casa a ver el álbum y a hacer algún canje, es invariablemente su colección. Y, sin embargo, parece que espere como cosa natural que la hermana gaste todo su dinero, incluso los ingresos extraordinarios de cumpleaños y navidades, en completar series que faltan o en adquirir, por lo menos, uno representativo de cada isla o estado lejanos para los cuales se ha reservado sitio en el álbum: Heligoland, Thurn y Taxis, África portuguesa, etc. «nuestra colección vale ahora un puñado de libras», declara él ufano. Entonces, pese a que sea nuestra colección, ella no puede, al parecer, tener una opinión personal sobre el arreglo de la misma, y no debe meter la cuchara cuando él está haciendo algún canje, porque se desconcertaba. — ¡Pero sueltas cada mentira sobre el valor de los sellos que quieres cambiar...! —dice ella—. No me parece honrado. Has cambiado aquel Barbados roto, que yo arreglé con un trozo de sello francés vulgar, diciendo que estaba en perfecto estado. —también mentía él. Si el Barbados estuviese en buen estado, no lo hubiera cambiado yo por el medio penique de Malta con sobrecarga. —pero éste no lo teníamos. —ya lo sé, pero está catalogado sólo a cuatro peniques, y Barbados a uno con seis. —uno con seis, nuevo —corrige ella—. Matasellado, sólo tres peniques. —Bueno, yo creía que valía uno con seis —dice malhumorado. ¡Qué tramposos son los muchachos! tratan de hacer trampas incluso con su conciencia.
Más adelante encarga a su hermana, como una especie de favor, la tarea de escribir a sus parientes lejanos —el primo Eric, ingeniero de minas en Bolivia, y tía Nelly, en la legación británica de Persia— para convencerlos de que les manden sellos. —diles que te manden sellos nuevos de valores altos, que pongan tantos de poco precio como puedan en el sobre. Éstos serán útiles para los canjes. Pero pon todo esto en una posdata después de una carta muy amable llena de noticias; de lo contrario creerán que escribes sólo para pedirles sellos y no se tomarán la molestia de contestar. —no: una posdata es demasiado sospechoso. Lo pondré a mitad de la carta. También entraba en las obligaciones de la hermana pedir a todas sus amigas, en cuyas familias nadie hacía colección de sellos, que rescataran todos los sellos extranjeros de la papelera. —diles que lo hagan aunque parezcan muy vulgares. Puede haber una nueva variedad entre ellos, o incluso un error, los errores tienen un gran valor. Pero ella, desde luego, no permitirá que se aprovechen de ella más de lo que sirva para su propósito. Por ejemplo, se las arreglará para que los regalos de cumpleaños y navidad sean en especies, no en dinero; y aún cuando permite, por razones tácticas, que su hermano se refiera a «su colección» delante de sus amigos, se desquita después de diferentes maneras. Una mañana, dice, por ejemplo: —esta mañana voy a usar nuestra colección de sellos. Me toca a mí. —¿Qué quieres hacer con ella? —pregunta él con suspicacia. — ¡Oh, nada...! —¿Qué quiere decir «nada»? —No gran cosa. —¿No vas a cambiar ningún sello de sitio, eh? — ¡Pero si me has dicho docenas de veces que no puedo hacer nada sin tu señorial permiso...! Tú, puedes hacer lo que te dé la gana, al parecer, pero yo no puedo siquiera sacar un sello para acercarlo a la luz y examinar las filigranas. —Los romperías; por eso no quiero. —¿Quién rompió aquel sello de las Seychelles, la semana pasada? —Fue culpa tuya, por respirar tan fuerte sobre mi hombro. Bien, escucha, ¿vas a sacar algún sello o no? —Me has dicho que no. —Ya lo sé, pero, ¿lo harás? ¿sí o no? —A ver si lo adivinas. —¿Sí? —No he dicho que sí, he dicho «adivina» (1). El chico sale corriendo de la habitación y tropieza con su padre, que lo agarra. —¿Dónde diablos vas como un loco, muchacho? esto le da a ella la oportunidad de salir a su vez y llegar la primera arriba. Sabe que su hermano tenía la intención de coger el álbum y esconderlo para que ella no pueda manosearlo aquella mañana. Él tiene que hacer de «caddy» de su padre, que juega al golf contra sir Reginald Whitebillet, constructor naval retirado y socio más antiguo de la compañía de transportes marítimos «Whitebillet», fundada por su abuelo. Su padre lo sujeta a pesar de sus esfuerzos por librarse. —Te he hecho una pregunta y espero la respuesta. ¿Dónde vas tan alocado? —Arriba a buscar mi colección de sellos. —¿Y qué quieres hacer con tu colección de sellos esta mañana? tenemos que estar en el club dentro de un cuarto de hora. El chico sale de la habitación haciendo a su hermana una mueca de amenaza. Ella dice: —Papá, esta mañana estudiaré nuestra colección de sellos. La tengo tan raras veces para mí sola... dice que es de los dos, pero no me la deja tocar nunca cuando no está él. Y eso que tengo mucho cuidado. —Lo creo, cariño... 

De manera que ella está en posición sólida, sentada y estudiando minuciosamente los sellos con una lupa. Si a última hora se produce una tentativa para arrebatarle el álbum, papá seguramente tendrá algo fuerte que decir. De manera que el muchacho pasó una mañana lastimosa en los «links», imaginando todas las cosas terribles que ella podría estar haciendo con el álbum, con su álbum, mientras él está fuera. A cada momento le da a su padre el palo equivocado, lo cual lo pone furioso porque está perdiendo. Cuando por fin regresan a casa  entra corriendo para ver qué daños ha sufrido la colección. La hermana no está en la habitación donde la había dejado, pero el álbum sí estaba sobre la mesa, al lado de la ventana, y..., ¡horror! , junto al álbum, un frasco de goma y el pincel, húmedo, balanceándose sobre el tapón. No podía haber cometido aquella locura..., ¡imposible! era imposible que hubiese pegado sellos, en lugar de ponerlos dentro de sus lindas fundas transparentes!Suena el gong de la comida. No dispone de más de medio minuto para buscar en el álbum las pruebas de su crimen. No encuentra nada, pero no tiene tiempo de examinar página por página. Llega tarde ya y todavía tiene que lavarse las manos. Su suplicio es prolongado. Ve a su hermana en la mesa compadeciendo a su padre por la derrota, y preguntándole qué había ocurrido en el tercero, en el cuarto, en el quinto y en el sexto. Él no se atreve a interrumpir. Papá está ya furioso con él por su distracción en los «links». Sólo cuando todos han terminado la sopa y mamá le recuerda a papá que se tome la suya, y que «nos dirá el resto después», su hermana se vuelve hacia él: —He pasado una mañana deliciosa con los sellos. He aprendido mucho con ellos. —¿Qué hacías con aquella goma? —ruge él. —¿Goma? —Sí, goma. El bote de goma estaba allí. Ella hace una pausa, como perpleja. — ¡Ah, sí! La he usado para pegar la tela de la encuadernación. Había un pequeño desgarro. —¿Me juras que no la has usado para nada más? —¿Crees que había otra cosa en qué usarla? ¡No vas a imaginar que voy a pegar los sellos por miedo a los ladrones...! Desde luego, el bote de goma había sido puesto allí para asustarlo, y desde luego también, ella no se había pasado toda la mañana con los sellos. En cuanto papá y el chico se fueron, subió al trastero a practicar la danza acrobática durante un par de horas. Después volvió a bajar para leer Tres hombres en una barca. Pero él no lo sabe. En cuanto termina el almuerzo y han dicho la acción de gracias, corre a su álbum y pasa la tarde examinando cuidadosamente qué jugarreta le puede haber hecho su hermanita. Por la actitud de ésta, tenía la sensación de que le había hecho alguna mala jugada. No encuentra nada, y eso lo vuelve todavía más suspicaz.

(1) en inglés yes, y guess, palabras cuya fonética se presta a confusión.




Así comienza "El sello de Antigua", una novela del historiador Robert Graves que relata la disputa entre estos dos hermanos, ya adultos, por la posesión de la mencionada estampilla. Es muy entretenida y es claro que quien la escribió sabe de filatelia, por todas las referencias que tiene la novela.

Incluso a quien no es filatelista lo va a atrapar esta novela, llena de suspenso e intriga.

Realmente muy recomendable, una de las pocas lecturas de ficción sobre estampillas que conozco.

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